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Las consultas individuales se pueden llevar a cabo on line o presencialmente, según las posibilidades
Asesor, coach,
consultor…filosófico.
La figura del llamado coach filosófico cada día va tomando más
relevancia en el mercado laboral, tanto a nivel de empresa como en el ámbito
privado o personal.
Lo cierto es que durante toda la historia ha existido esta figura,
a la que ahora se le ha puesto un nombre, una etiqueta y veremos cómo se irá
regularizando cada día más su presencia en la sociedad.
Su mayor logro, ayer igual que hoy, es la capacidad de hacer que
sus interlocutores se oigan a sí mismos. Demasiadas veces andamos perdidos en
las divagaciones de otros o en las propias, sin ser capaces de focalizar lo que
realmente nos interesa y conviene.
¿Es un
consejero?
Los consejos, en la mayoría de las
ocasiones, sólo ayudan a enturbiar más aún, si cabe, un panorama a menudo
demasiado enmarañado en el cual, la mayoría de las veces, sólo es necesario que
alguien tire del hilo oportuno para que cada cual articule de manera más
adecuada su vida, su historia, en definitiva, sus decisiones de cada día. Y cuando
digo articule, me refiero concretamente a desanclarse de hábitos, costumbres,
rutinas, creencias, dogmas...que en muchas ocasiones no dejan ver más allá de
lo que estos permiten, que casi siempre es insuficiente.
Por poner un ejemplo, quién alguna vez no ha dicho eso de...ah,
pues yo pensaba... ese yo pensaba hace referencia a un
planteamiento que antes dábamos por válido, pero que en ese momento, por alguna
razón, reconocemos que no era el más idóneo. Existen planteamientos, también
poco oportunos, que por su alcance en nuestras decisiones y por el tiempo que
nos acompañan, nos hacen un flaco favor a la hora de afrontar esto que llamamos
vida.
¿Qué aporta la filosofía?
Precisamente ahí es dónde radica la grandeza del talante
filosófico, que lo único que sabe con certeza es que no conoce nada tan seguro
como para no dudarlo, mejorarlo, o, en suma, someterlo a futuras reflexiones o
planteamientos. No quiere decir esto que ande a la caza de brujas sin poder
posicionarse ante nada. Es precisamente todo lo contrario: busca situarse
siempre de la manera más lúcida que sepa, pero que por supuesto no considerará
la última opción como la eternamente preferible, sino como la
siempre mejorable.
Esta práctica te mantiene atento, en forma, para afrontar de la mejor manera posible el día a día y te separa o vacuna contra posiciones ancladas en decisiones carentes del criterio necesario o sustentadas en el de otro, que la mayoría de las veces no nos conviene. Intolerancias, fanatismos, intransigencias...quedan lejos de sus planteamientos.
Este ejercicio constante es el que nos
mantiene en forma, hace músculo, pero músculo mental, de pensamiento. El coach
filosófico, asesor filosófico o como se le quiera llamar, tenderá a plantearte
cuestiones para que las tengas en cuenta y te ayuden a reflexionar sobre
aspectos que ni tan solo, posiblemente, te habías cuestionado. No te planteará
una meta como mejora de tu situación, sino que favorecerá o fomentará desde tu
percepción las bases para que asientes tus propios criterios, que seguramente
ya nunca dejarás de cuestionarte. Te los cuestionarás desde tu propia reflexión
interna y desde la que compartas con tu entorno. Porque no podemos olvidar que
no pensamos solos, lo cual no quiere decir que no tengas que pensar por ti
mismo para extraer tus propias conclusiones. De ahí la importancia de
mantenerte alerta, despierto. Al fin y al cabo, eso es lo que nos hace humanos
y sociables. Cualquier otro planteamiento nos convierte en bestias, con perdón
de los animales.
Esto ayuda muchísimo, ya que descubres maneras de afrontar la vida
que te despojan de aquello que te hace pequeño. Te separas de la tan
conocida zona de confort, engañosa por lo poco que nos beneficia.
Nuestra capacidad de crecer y sentirnos mejor se multiplica en gran medida.
Es aquí donde esta vertiente del pensamiento humano permite
entendernos tal y como somos, dónde encontramos el cobijo que todos necesitamos
para manifestarnos y desarrollarnos de manera adecuada.
A partir de estas premisas nos nutrimos los que formamos este
grupo.
La Filosofía más allá de lo académico.
El amplio abanico de posibilidades que ofrece el discurso
filosófico pensamos no debe permanecer ajeno a lo cotidiano. Muchas veces se ha
alardeado del talante no útil de la filosofía, de su vida poco menos que
monacal en las aulas de los doctos profesores de filosofía.
Pero la historia de la filosofía nos ha enseñado en innumerables
ocasiones el afán del verdadero filósofo por llevar a las calles la filosofía.
Sería absurdo enumerar aquí los casos que corroboran esto, pero lo cierto es
que en los últimos tiempos, la filosofía se ha ido enclaustrando hasta
convertirse en labor interesante de pocos que poco interesa a muchos.
Conferencias, cursos, doctorados, ponencias o cuantas otras citas
filosóficas se lleven a cabo por expertos conocedores del tema, (y la mayoría
de las veces sólo eso, expertos conocedores) no es incompatible con un uso
provechoso del discurso filosófico en las calles. De hecho, su alejamiento de
lo cotidiano en su uso, le conferirá un marcado carácter de disciplina del
pasado, trasnochada. Y de hecho, no nos engañemos, se respira ya esa
idea.
La imagen del profesor de filosofía, perdido en sus divagaciones
de poca utilidad, siembra el campo del imaginario de la colectividad, abonado
con el esfuerzo y tesón de la mayoría de expertos en la materia.
Y lo cierto es que la filosofía es algo
mucho más vital. Quizás hoy sólo interesen a priori las soluciones inmediatas.
Pero lo cotidiano se nutre de algo más que de respuestas urgentes, o dicho de
otro modo, estas respuestas urgentes encuentran un mejor fundamento si nos
preocupamos por fortalecer la reflexión sobre esas cuestiones que mucho tienen que ver con lo
que entendemos por humano. No hallaremos respuestas, sino quizás más preguntas,
pero que nos ayudarán sobremanera a clarificar nuestras acciones y decisiones,
y esto sí que forma parte de nuestro día a día.
Estas preguntas, además de no encontrar respuestas que las cierre
para siempre, -sino que te incentivan para que hagas más preguntas-, también te
ayudan a desenmascarar falsas verdades, que no es poco.
La consulta filosófica.
Todos somos filósofos y sólo unos cuantos, estudiosos o expertos
en filosofía. Con esta frase intento poner de manifiesto que la filosofía nos
atañe a todos, que todos tenemos una filosofía de vida, es decir, una forma de
hacer, de comprender, de decidir y de actuar.
Somos seres individuales que vivimos en colectividad y
de aquí se extraen dos conclusiones muy importantes: como seres individuales
debemos aprender a pensar por nosotros mismos y el hecho de vivir en
colectividad, nos invita a la vez que obliga a elaborar el pensamiento
escuchando y hablando, es decir, necesitamos dialogar.
La experiencia nos demuestra que a través del diálogo
bien entendido, desarrollamos predisposiciones que nos permiten modificar
nuestros juicios, adaptándonos saludablemente a lo que implica la vida en
convivencia. Se genera una reflexión compartida que obliga a repensar nuestros
propios juicios, a fin de hacerlos más sólidos y precisos, consiguiendo así
alejarlos de contradicciones y ambigüedades.
El diálogo debe ser un discurso compartido y racional,
donde se escuche y se hable. Si sólo se habla sin escuchar el fracaso del
diálogo está asegurado, así como si se escucha pensado que se posee la verdad
absoluta. Racional hace expresa referencia al hecho de entender que la razón
humana, como bien sabemos pero pronto olvidamos, no descubre certezas, sino que
más bien es una capacidad que nos permite establecer nuevos conceptos, en
función de su coherencia respecto al punto de partida y siempre, y esto es
fundamental, revisables.
Ahora ya conocemos dos características importantísimas
del diálogo:
·
Compartido,
hablar escuchando a nuestro interlocutor y elaborando criterio en el fluir del
discurso compartido y
·
Racional, es
decir, coherente, riguroso, que busque argumentos sólidos pero que no pierda de
vista que la razón humana debe entenderse siempre como mejorable. Y esto
precisamente lo hace a través de un diálogo continuo, abierto y consensuado.
Es
aquí donde la figura del asesor filosófico se convierte en el interlocutor que
promoverá un diálogo compartido e igual. No se trata de aconsejar o aleccionar,
sino más bien de sugerir vías de replanteamiento compartido. Lo único que
diferencia aquí a ambos interlocutores son los conocimientos filosóficos del
asesor, que valiéndose de ellos, simplemente intentará hacer el camino más
corto y fructífero.
Pero
como apunté al principio se pretende elaborar criterio propio. Y es
esta una cuestión de suma importancia si queremos garantizar el éxito del
diálogo en la toma de decisiones. Es decir, el criterio que cada cual adopte a
la hora de afrontar una cuestión determinada, sólo será válido si éste es
entendido desde uno mismo, asumido después de una reflexión posiblemente compartida
pero interna.
Por supuesto criterio propio no es sinónimo de único,
sino más bien entendido desde la comprensión que uno mismo tiene de su
realidad. De ahí que en más de una ocasión nos equivoquemos y debamos
rectificar. Pero sólo cuando rectifiquemos sobre la base bien asentada de
nuestra posición (no desde la aceptación sin más, sin reflexión) seremos
capaces de entender mejor nuestro error y corregirlo. Este es el juego al que
la razón humana nos obliga y debemos poner en práctica. La aceptación sin más,
sin reflexión, nos convierte en seres incoherentes, irreflexivos y fácil pasto
de conflictos que tendrán difícil o imposible solución.
¿Qué ofrecemos?
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¿Qué ofrecemos?
Cómo
asesor filosófico pretendo que se establezca entre el cliente y yo una relación
basada en el diálogo que permita visualizar posibles problemáticas. No aportaré
soluciones a las mismas, pero sí maneras de afrontar las diferentes situaciones
basadas en un discurso racional y razonable, haciendo uso para ello del
legado filosófico.
Es así como el asesor filosófico te ayuda a través de un dialogo
compartido a clarificar en la medida de lo posible las respuestas a las
preguntas que susciten las problemáticas surgidas en el diálogo, y todavía más
importante, a motivar nuevas preguntas que susciten un talante de búsqueda y
nos alejen de las verdades dogmáticas, es decir, creencias poco revisados o poco
sometidas a razonamientos y reflexiones.
Es frecuente habituarse a actuar de una manera determinada fruto de creencias
que se postulan como verdades eternas, profundamente interiorizadas que no nos
dejan entender la necesaria reformulación y mejora de las mismas. Las
situaciones, el día a día, nos obligan a replantearnos nuestra posición con el
fin de configurarla de la manera más sólida posible. Si no lo hacemos, surge el
conflicto que nos puede terminar incapacitando al provocar que nuestra manera de pensar no se
corresponde con las realidades que nos rodean. La reflexión nos permitirá gestar
una versión renovada que nos ayude a generar una conducta y un modo de vida
cada día mejor.
Las
preguntas que cada uno de nosotros nos hacemos cada día, requieren respuestas
que nos ayuden a actuar y a tomar decisiones lo más acertadas posible. En
determinadas ocasiones estaremos más satisfechos con nuestras actuaciones y
otras, al contrario, desearíamos haber actuado de diferente manera.
Muchas veces serán preguntas cotidianas, pero que no por ello no
necesiten una respuesta reflexiva y meditada, con el fin simplemente de hacer
la vida, el día a día, mejor.
En otras ocasiones, las preguntas serán de una índole que no admitan una
respuesta directa, encaminada a la acción inmediata, sino que más bien son
cuestiones que nos producen un desasosiego que, precisamente, solo podremos
entender mejor si las analizamos a la luz del dialogo también compartido. Aquí
no habrá una respuesta última o tajante, sino más bien un preguntar continuo,
no por ello carente de reflexión y argumentación, que nos ayudará a entendernos
mejor en esto que llamamos vida.
No se trata así de ningún tipo de terapia más, ni de pacientes que
deseen ser “sanados” de nada. Simplemente se trata de hacer uso del legado
filosófico para emplearlo de la mejor manera posible, buscando como único
beneficio sentirnos mejor en nuestra acción diaria y/o clarificar en la medida
de lo posible esas preguntas que nos afectan irremediablemente: que es la vida, la muerte, la justicia, el
amor…
La orientación filosófica no busca verdades, sino clarificar y/o
cuestionar conceptos con sus clientes a través del diálogo.
Y repito. Por mediación del diálogo
se pretende que el cliente elabore criterio
propio. Éste debe ser sólido y válido, es decir, fundamentado en argumentos
coherentes aunque, sin olvidar, su carácter de no verdad incuestionable. La pretensión última más bien debería ser
acercarnos a ésta en la mayor medida posible, sabedores de que nunca la
alcanzaremos. Las posiciones dogmáticas, autoritarias, terminan perjudicando y
estancando todo posible diálogo compartido y enriquecedor, así como incapacitan
para una vida mejor y más saludable.
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